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Nueva York, un inventazo

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Vistas al Empire State desde el Rockefeller desde el mirador del edificio Rockefeller.
Vistas al Empire State desde el Rockefeller

Cierro los ojos mientras respiro hondas bocanadas que llenan mi ser de todo el costumbrismo americano que impregna sus paisajes. Café para llevar, rascacielos revestidos de cristal que se elevan como gigantes, running en Central Park, coquetas escaleras de incendio, depósitos de agua en la cima de los tejados y luminosos de todo tipo en una ciudad donde la energía se desborda entre el Hudson y el East River. ¡Miranfú! ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con pisar la ciudad de Nueva York? Es una de las metrópolis más emblemáticas, presente en la imaginación colectiva en cuestión de milésimas de segundo. A ella le han dedicado más de mil canciones, ha sido homenajeada por los ciudadanos más célebres de Nueva Jersey y ha inspirado las páginas y fotogramas de infinidad de libros y películas que pueblan los rincones de nuestra memoria. En la argamasa de sus cimientos están los sueños de libertad y las ilusiones de un futuro mejor de decenas de generaciones de inmigrantes que se abrieron paso entre las gélidas aguas del Atlántico.

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Construcción de la Estatua de la Libertad.

Historia de la Estatua de la Libertad

Fue en la desembocadura del río Hudson, muy cerca de la isla de Ellis, donde decidieron ubicar su faro de la esperanza: la Estatua de la Libertad. Una obra del artista alsaciano Frédéric Auguste Bartholdi que es signo de amistad entre Francia y Estados Unidos y conmemora el centenario de la Declaración de la Independencia de estos últimos. Pero sobre todo, ha sido durante años la entrada a América, la primera visión que tenían los europeos del nuevo continente. Para su creación, Bartholdi se inspiró en el Coloso de Rodas e hizo a la elegante dama helénica de cuarenta y seis metros, noventa y tres si medimos desde la base estrellada de once puntas hasta la llama más alta de su antorcha. Imbuido por la idea de iluminar al mundo para su corona esculpió siete rayos solares que representaban los siete continentes y los siete mares del «Viejo Mundo». El 4 de julio de 1884 la singular dama de cobre fue presentada ante el embajador estadounidense en París. Llegó a Nueva York desmontada en 214 cajas. Unos meses después su fuego ardía en Nueva York.

Manhattan, un mapa de emociones con forma de jamón

La ciudad de Nueva York está compuesta por varios distritos, pero Manhattan es tan poderoso que se ha convertido en protagonista indiscutible. Para Sara Allen, la extraordinaria y entrañable caperucita de Carmen Martín Gaite, Manhattan «es una isla en forma de jamón con un pastel de espinacas en el centro que se llama Central Park». Más práctica fue la comparativa del actor Tom Hanks, quien advirtió que la isla tenía la forma de la palma de la mano. Adelante, abre el mapa y verás cómo las grandes avenidas son numeradas y nacen en la yema de los dedos terminando en la muñeca. Las calles se suceden de un lado a otro de la mano formando una cuadrícula llena de terminaciones nerviosas. Los números son lugares que combinados forman coordenadas. Dar la dirección a un taxista es similar a jugar a Hundir la flota y te dan unas ganas locas de gritar «¡siga a ese coche!» aunque no sepas quién va en ese coche. Se respira cafeína, cine y una histeria fascinante. Siguiendo este peculiar mapa veríamos que Broadway es la línea de la vida. Una curva plagada de teatros y edificios que atraviesa el Flatiron y en el que se enseña la evolución arquitectónica y cultural de la ciudad. Unas gafas muy chic y unas palomitas pueden ser un buen complemento para este chisporroteante paseo. Por supuesto, el Empire State se alzaría en lo que sería el inicio de un largo dedo corazón. En esta metafórica mano, el Chrysler sería la joya que embellece el dedo angular con su escultural cúpula. Mientras las deliciosas tiendas de Levain Bakery serían esos puntos mágicos de energía en cuyos dulces y sabrosos bocados sentimos la explosión del chocolate en el cielo de la boca. Sus galletas son uno de esos orgasmos que nos hacen entornar los ojos con suspiros de placer. Nueva York es para los americanos lo mismo que Chupa Chups o la fregona para los españoles, un inventazo. Un rincón del planeta que no brilla sino arde y que a golpe de rascacielos y bajo la promesa de libertad ha conseguido convertirse en marca genérica igual que lo hicieron Rimmel o Kleenex. Es la ciudad de las ciudades y la que ha marcado el paisaje urbano de las que se asoman al mañana. ¡Miranfú!

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Rascacielos en la avenida Lexington de Nueva York.

El sueño americano

Como todos los lugares insignes, Nueva York también se originó de la manera más tonta, a través de un malentendido. Los lenape, un subgrupo de los algonquinos, vendieron a los holandeses el pedacito de tierra sobre el que se asienta Manhattan en 1626 por sesenta florines, el equivalente a veinticuatro dólares. Esta tribu no entendía la propiedad de la tierra de la misma manera que los europeos por lo que podrían haber comprendido el acuerdo como un permiso para compartir el territorio y no como una venta definitiva. En cualquier caso, a partir de ese momento comenzó la construcción del mito tan relacionado con el trabajo duro, la superación y el éxito, en otras palabras, el sueño americano.

Las leyendas fundacionales de Nueva York

Seis hombres son las leyendas fundacionales que convirtieron Nueva York en la moderna Tierra Prometida. Llegaron tan alto que parecían designados por los dioses, sobre todo por la falta de escrúpulos. Ellos supieron beneficiarse de la explosión económica tras la guerra civil, de la potente industrialización del país y de la escasa autoridad gubernamental. John Jacob Astor, magnate peletero y uno de los mayores propietarios inmobiliarios de la ciudad, invirtió en la zona que hoy recibe el nombre de Midtown. A William Henry Vanderbilt, quien sumó ferrocarriles hasta ser dueño del transporte público, su obsesión por las mansiones le llevó a edificar una tras otra hasta crear la Quinta Avenida. Andrew Carnegie, gigante del acero, pacifista y constructor de dos mil quinientas nueve bibliotecas públicas gratuitas con el fin de que las clases populares progresaran. John Davison Rockefeller, que empezó vendiendo pavos y llegó a controlar el 95% de la extracción, refinamiento y distribución del petróleo a nivel mundial. Henry Clay Frick, despiadado magnate del coque y el acero. En su colección de arte destaca El jinete polaco de Rembrandt, obra que inspiraría muchos años después la maravillosa novela de Antonio Muñoz Molina. Y por último, mi todopoderoso favorito, John Pierpont Morgan. Él encarnó el sistema económico americano, fue la Banca, la Bolsa e incluso la moneda. Creó la General Electric y la U.S. Steel, la corporación más importante del mundo en su momento. Dicen que a los treinta y cinco años acumulaba más dinero que el mismísimo gobierno. En 1907, cuando Wall Street tembló, Morgan obligó a los banqueros a inyectar veinte millones de dólares para estabilizar el sistema. También dicen que no tardó más de diez minutos. Estos magnates, conocidos como robber barons, fueron figuras clave para convertir Estados Unidos en una potencia industrial y económica. Estableciendo a Nueva York como el epicentro financiero, cultural y artístico del país.

De la libertad nació la creación artística

Aunque la mayoría de los trabajos que se generaron estaban mal pagados y las condiciones solían ser precarias, la libertad, contra todo pronóstico, nacía ahí. En la idea de empezar algo nuevo, escapar de las limitaciones del pasado, reinventarse y, si era posible, a lo grande. Es una creencia tan romántica que sigue formando parte de la esencia estadounidense y representa el viaje de crecimiento y descubrimiento personal a pesar de que a ratos se sienta un poco de vértigo. Las oleadas de inmigrantes produjeron un caldo cultural exquisito. Sus diferentes orígenes fomentaron un ambiente de innovación y expresión artística que rompía con la tradición. Nueva York se proyectó a modo de la ciudad más transgresora, inspiradora y magnética del momento. Instituciones emblemáticas como el MOMA y la galería Gagosian fueron el trampolín para artistas emergentes. El dinamismo urbano, la puesta en marcha de editoriales influyentes, círculos literarios activos y unos ciudadanos deseosos de ideas nuevas desembocaron en oportunidades laborales muy creativas. Nueva York les permitía desarrollar quien realmente eran.

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Manhattan, un clásico cinematográfico neoyorquino.

Los artistas que dieron alma a Nueva York

En este camino de aventuras suenan nombres de la talla de Diana Vreeland, la editora de Harpers Bazaar que más tarde hizo resurgir Vogue, elevó la moda a categoría de arte y creó el estereotipo de mujer moderna e independiente. La sensacional y estrambótica Iris Apfel, una rara avis que regaló a los neoyorquinos uno de los mejores lemas de vida: «sé fiel a ti mismo y haz lo que te dé la gana sin que te importe el qué dirán». Es inevitable acordarse de Andy Warhol, el ilustrador comercial que se transformó de la noche a la mañana en artista de vanguardia y representante del Pop Art con sus icónicas serigrafías de latas de sopa Campbell ‘s, botellas de Coca Cola y celebridades. La deslumbrante y divertida Edie Sedgwick fue una de sus musas cinematográficas, podríamos decir que incluso fue la it girl primigenia. Su glamour, carisma y extravagante estilo la convirtieron en un símbolo. Edie inspiró a artistas de la envergadura de Bob Dylan y Patti Smith en sus composiciones. El caso de Marsha P. Johnson es sin duda uno de los más emocionantes. Marsha nació en New Jersey con el nombre de Malcolm Michaels Jr. y tuvo que trasladarse a Nueva York para poder ser quien realmente latía en su ser. Ella fue una de las impulsoras de la lucha por los derechos LGTBIQ+ a raíz de los disturbios de Stonewall. Sonaba Over The Rainbow cuando la policía irrumpió en el bar. La polifacética Nora Ephron, reina de la comedia romántica neoyorquina, nos enseñó a las mujeres a reírnos de nosotras mismas abanderando el papel de heroínas cotidianas. Y qué decir del director de cine Woody Allen, ¿tendría sentido fuera de NYC? Allen comparte con la metrópolis una relación simbiótica que ha definido gran parte de su trayectoria. Es un cronista urbano que ha retratado la realidad y poetizado Nueva York, llegando a incorporarla en su obra como un personaje neurálgico. Su cine y el de Ephron han dejado una estela de lugares a los que los turistas peregrinamos en nuestros viajes. Vuelvo a cerrar los ojos e inspiro todas las ilusiones que bombea el corazón de esta gran ciudad. Nueva York con sus aires de libertad es ese sitio en el que lo que una sueña puede convertirse en realidad, un faro que alumbra las esperanzas de una nueva vida y que nos desvela que habrá personas en el mundo y mundos en Nueva York. ¡Miranfú!

Nota:

«¡Miranfú!» es una palabra inventada por Carmen Martín Gaite en su libro Caperucita en Manhattan que denota sorpresa y admiración avisando de que algo extraordinario está a punto de pasar.

1 comentario en «Nueva York, un inventazo»

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