
En una Europa destruida por la guerra, un escritor decidió construir un mundo coherente y antiguo. Para asegurarse de su pureza partió del punto cero: la metafísica. De esta manera la creación suprema surgió a través de la música de unos dioses llamados Ainur.Así nació el ser y la belleza, la armonía y el conflicto, que cohabitaron en la libertad de su universo. Haciendo uso de la palabra divina ante los ojos de los poderosos e inmortales espíritus apareció el reflejo de su plan creador. Vieron las montañas, los mares, a los Hijos de Ilúvatar e incluso la sombra de los futuros problemas y, por primera vez, irrumpió la oscuridad, para que evitasen caer en la contemplación pasiva. Hasta aquí sus lectores podrían encontrar un paralelismo directo con el Génesis, lo cual tiene sentido porque este escritor, además de conocedor y estudioso de las mitologías nórdicas y germánicas, era un devoto católico. Para sus personajes se apoyó en arquetipos muy obvios: el señor oscuro, el héroe rebelde, el traidor o el sabio consejero. Unos de sus personajes más interesantes fueron los elfos. Fusionó sus conocimientos en mitología y los ideó altos y de orejas puntiagudas. Sabios, ágiles e inmortales, solo la violencia y la tristeza podrían acabar con su vida. El idioma que el escritor eligió para los elfos fue fruto de la inventiva, de sus estudios en filología comparada y los rasgos más bellos y sugerentes de lenguas como el latín o el nórdico antiguo, el finés o el italiano, entre otras muchas. Pensó que inventar lenguas en torno a las que girase la cultura y la historia podría ser un tipo de antídoto a la manipulación ideológica del lenguaje existente dominado por la propaganda y los discursos políticos del siglo XX. Así, en tono de crónica, de canto y leyendas, habló de batallas, de muerte y esperanza. En sus letras reflejó la experiencia de las ideologías totalitarias, la corrupción moral, la nostalgia de tiempos mejores, la defensa de la naturaleza frente a la destrucción de la industrialización y la heroicidad de los más pequeños y humildes, cuyas principales armas son el sacrificio, la misericordia y la compasión.

El escritor
Guiado por la belleza, el escritor decidió que los primeros elfos verían la luz junto al lago Cuiviénen, bajo el dosel de estrellas encendidas por la diosa Varda. Allí se enamoraron de la luz que sería el motor de su vida. El reino, bendecido por los espíritus divinos, tomó el nombre de Valinor. En una de sus colinas, amparadas por la eterna primavera, se erguían Telperion y Laurelin. Los dos árboles sagrados que fueron la fuente de luz de la que con posterioridad surgieron el Sol y la Luna. Obsesionado por la lucha entre el bien y el mal, la codicia y el poder, la pérdida, la redención y la providencia, el escritor puso en el personaje del elfo Fëanor la semilla de un profundo mal. Él, que fue el más talentoso de los artesanos, se obsesionó por capturar la luz que provenía de Telperion y Laurelin. Su ingenió consiguió concentrar en tres joyas la energía original de los árboles, estos tres anillos recibieron el nombre de Silmarils. La destrucción de Valinor y el robo de los silmarils marcan el comienzo de la gran caída y son el origen del anillo único que protagonizará El hobbit y El Señor de los Anillos. «Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas». Es decir, un poder capaz de dominar, esclavizar y controlar la mente. La experiencia en el frente de Somme durante la Primera Guerra Mundial y su duelo propiciaron que para John Ronald Reuel Tolkien, el escritor más grande que ha dado el género de la fantasía, los paisajes devastados por la artillería y la desolación fueran el detonante del mundo y la escritura de los mitos que se engloban enEl Silmarillion. Durante el periodo de entreguerras escribió El hobbit para sus hijos. El éxito de esta obra, unido a la presión editorial, el contexto de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, dieron como resultado El Señor de los Anillos. Pasarían años hasta que el sinfín de historias que pueblan las páginas de la narrativa de Tolkien llegase a un joven lector llamado Peter Jackson. Los estudios de cine sabían que tenía que ser él quien llevase a la gran pantalla la sabiduría y la imaginación superlativa del escritor.
Nueva Zelanda como set de rodaje
Lagos de colores soñados y cumbres nevadas, fumarolas que se escapan por las grietas de la tierra y charcas de barro burbujeante que nos recuerdan que bajo nuestros pies late vida subterránea que sigue su propio ritmo. La huella de los glaciares en Milford Sound y en las aguas turquesas del lago Pukaki, donde las partículas en suspensión acuática procedentes de los glaciares adyacentes tiñen las aguas de un hipnótico azul verdoso. A vista de helicóptero Peter Jackson quedó fascinado por la heterogeneidad y belleza de los paisajes de su país natal. Nueva Zelanda se imponía como el escenario perfecto para recrear la Tierra Media. En los milenarios y frondosos bosques de hayas, donde la mística asoma en el baile de las hojas del Parque Regional de Kaitoke alzó el hogar de Elrond. La armonía en la que cohabitan especies endémicas,los senderos colgantes y la viveza fluvial de los ríos que lo atraviesan le hicieron imaginar Rivendel. El aislamiento y el dramatismo de las escarpadas montañas de Glenorchy fueron clave para ubicar Isengard. Un valle fortificado por las Montañas Nubladas en cuyo centro se eleva la indestructible y puntiaguda torre de Orthanc. Los paisajes de Edoras, la capital del Reino de Rohan, se desarrollaron en el monte Sunday mientras que Mordor y su Monte del Destino se grabaron en el Parque Nacional de Tongariro, donde el volcán Ngauruhoe sigue activo. Cientos de neozelandeses se sumaron como extras para las gestas más épicas y apasionantes de la trilogía de El Señor de los Anillos, como las batallas en los Campos de Pelennor y Minas Tirith, que fueron trasladados a Twizel. En sus amplias llanuras el rey Théoden recorrió la primera línea del ejército de los Rohirrims a lomos de su caballo blanco infundiendo valor en sus corazones: «¡Avanzad sin temor a la oscuridad! ¡Luchad, luchad, jinetes de Théoden! ¡Caerán las lanzas, se quebrarán los escudos! ¡Aún restará la espada! ¡Rojo será el día hasta el nacer del sol!». Los soldados se lanzan igual que una ola gigante junto a su rey, aupados por su propio clamor para vencer al mal. En estas mismas praderas Peter Jackson nos hizo creer que los Nazgûl volaron montados en dragones y Gandalf los combatió con el cegador destello de su bastón. Es el bien contra el mal, una luz que quema la oscuridad. Y es aquí, en estos mismos campos dorados de Pelennor, donde Éowyn acaba con el rey de los nazgûls con la ayuda de su compañero Merry. Es verdad que ningún hombre podía matarle, pero es que Éowyn era una mujer.
La Comarca en Hobbiton Movie Set
Cerca de Matamata, en una granja en la que pastan miles de ovejas y vacas, el equipo de Peter Jackson construyó La Comarca de los hobbits. Un modesto paraíso en el que la naturaleza y el mundo rural sobreviven ajenos a la devastación de Sauron. En otras palabras, a la destrucción industrial que observa Tolkien en Inglaterra. En las suaves colinas de La Comarca el sol brilla y la hierba siempre es verde, se respira una cálida brisa de entretiempo. Aquí, «en un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusano y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad». Este set de rodaje se creó para la trilogía de El Señor de los Anillos, se desmontó y volvió a poner en pie para la historia de una ida y una vuelta que es El Hobbit, quedando permanente sus caminos, tendederos con ropa colgada al viento y huertos que incluyen carretillas con calabazas o espantapájaros en mitad de los cultivos, la Taberna del Dragón Verde y, cómo no, los cuarenta y cuatro agujeros-hobbits que se crearon para las películas. Insisto,es el único escenario que permanece y los cinéfilos podemos visitar. La puerta de cada casa es redonda y perfecta como un ojo de buey. La de la familia Bolsón está «pintada de color verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio». Tiene ventanas redondas donde se asoman las flores del jardín, el lago e incluso un curioso, valiente y leal Sam Sagaz. Sabemos que Frodo nunca habría ido tan lejos sin Sam. Al estar en un set en el que se mezclan las alturas de hobbits, enanos y el mismísimo mago Gandalf, no todos los agujeros-hobbits tienen la misma medida. Fueron hechos a escala. Es por ello que algunos son pequeños, de esta manera Gandalf parecía gigante al pasar por ellos. Otros se hicieron mayores para que a ojos del espectador los hobbits fueran diminutos. Al otro lado de la puerta del hogar de los Bolsón aparece un vestíbulo cilíndrico donde la madera, las alfombras y montones de perchas con sombreros y abrigos protagonizan el espacio. En el pasillo que nace del vestíbulo subterráneo cada puertecita lleva a un confortable dormitorio, a bodegas y despensas abarrotadas de comida o a habitaciones llenas de ropa, pues la familia Bolsón es gente rica y acomodada. Entrar en esta ficción es muy emocionante a pesar de que solo es posible el acceso al vestíbulo, el resto fue rodado en estudios. Aún así los seguidores de Tolkien y Jackson sentimos el segundo y apetitoso desayuno de Bilbo, la inesperada llegada de Thorin y el resto de los enanos y hasta la humeante pipa que fuma el mago. El ambiente en la Taberna del Dragón Verde invita a brindar con hidromiel. Pocas veces la fantasía se convierte en realidad.
Un faro en épocas de hambruna existencial
La literatura es un faro que alimenta el espíritu en épocas de hambruna existencial, durante las grandes catástrofes y cuando el propio mundo se resquebraja. Es posible que si nos preguntaran qué libro nos llevaríamos a una isla desierta hiciéramos uso de la respuesta que dio G.K. Chesterton: «Nada me haría más feliz que un libro titulado Manual para la construcción de lanchas». Lo que no sabía Chesterton es que hay obras y autores que en la barbarie han ejercido de salvavidas. El psiquiatra y filósofo Viktor Frankl habló de esta idea tras su cautiverio en Auschwitz. Lectores e intelectuales a pesar de ofrecer peores condiciones físicas que otros prisioneros más fuertes tenían una resistencia superior al hambre, el miedo y los trabajos forzados, pues tenían la habilidad de evadirse del presente refugiándose en su interior. El nobel de literatura Aleksandr Solzhenitsyn, prisionero en los campos de trabajo del Gulag, se sostuvo en los versos memorizados de Pushkin y otros poetas rusos. En los barracones susurraba las estrofas que atesoraba en su cabeza manteniendo así su dignidad humana. El estado podía controlar el papel pero su memoria era inviolable. Se sabe que los presos del Gulag compartían su saber a través del aprendizaje oral. Sentían que en sus voces resistía la belleza, la libertad y la civilización. Un caso de una crueldad similar fue el de Leonora Carrington. En Memorias de abajo narró cómo sobrevivió a las continuas humillaciones que padeció en el psiquiátrico de Peñacastillo (Santander) leyendo a Unamuno. Sin la fortaleza mental que le ofrecieron las palabras del escritor no habría podido resistir a las convulsiones epilépticas y la cercanía a la muerte que experimentaba con las inyecciones de cardiazol. En esta línea cabe preguntarse qué obras se están cociendo ahora capaces de alumbrar la incertidumbre que perfila el futuro. Al final de El Señor de los Anillos Sam se cuestiona: «¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo, señor Frodo, que ya lo entiendo. Ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo». Era verano en occidente cuando viajé a Nueva Zelanda desde Dubái. En la maleta que preparé para mi nueva vida había una olla pero no un abrigo. Me sentí un poco Bilbo al inicio de su gran aventura. Nueva Zelanda fue un viaje exprés cargado de sorpresas en cada curva. Año tras año regreso con mi imaginación, recorro los agujeros-hobbits, pienso en el espíritu kiwi del que los neozelandeses se sienten tan orgullosos y rememoro los gusanos luminosos de las Waitomo. En la costa oeste de la isla sur del país hay rocas apiladas deseando convertirse en tortitas gigantes. Rehago ese viaje e intento ordenar y dar sentido al mundo siguiendo las palabras de Sam. Se puede luchar para que de alguna forma el bien reine en este mundo. Se puede luchar por eso cada día.







Nueva Zelanda, una maravilla.
Totalmente!!
Precioso!!. Sigue escribiendo así. Me haces volar con la imaginación y es bonito lo que dices y además se aprende mucho!!.
Muchas gracias por tu lectura y tus palabras 🙂