
En pleno barrio de Nørrebro, en el centro de la capital danesa, se produce un extraordinario encuentro entre los que permanecen en el descanso eterno y quienes se entregan a la vida saliendo a correr, paseando en bicicleta o deleitándose con un picnic a base de smørrebrød. Jardines, senderos arbolados y flores de colores vivos han convertido al Cementerio Assistens en un verdadero oasis en la ciudad de Copenhague donde se escucha la risa de los niños mientras se respira la calma y el aroma fresco de la naturaleza. Bajo un dosel tejido por álamos, tilos y robles, rodeados de violetas y narcisos, están las lápidas de figuras de la talla de Søren Kierkegaard, padre del existencialismo, el Premio Nobel de Física Niels Bohr y Hans Christian Andersen, quien no solo es el cuentista más célebre del camposanto sino también el danés de mayor fama internacional. Obras como El patito feo, El soldadito de plomo o La sirenita forman parte de la educación sentimental de decenas de generaciones y son un símbolo de la literatura infantil, imbatibles de la imaginación danesa. Desde temprana edad, fascinado por el teatro y la lectura Andersen cultivó la creatividad y la fantasía. Eso sí, su objetivo inicial estaba muy apartado de los cuentos, de joven ansiaba abrirse un hueco en el panorama artístico como cantante de ópera. Por desgracia, en la adolescencia su voz cambió obligándole a abandonar esta idea. Influyentes personalidades de la cultura intercedieron entonces para que pudiera recibir una educación formal y diera rienda suelta a su verdadero talento: la imaginación. Escribió poesías, obras de teatro y novelas en las que volcó sus anhelos y temores, la incomprensión que sentía y la esperanza que le empujaba a seguir. Pero fue en los cuentos donde alcanzó el éxito. Estos fueron el vehículo en el que viajaron sus enseñanzas, valores y dilemas existenciales. En sus páginas destacan la búsqueda de la identidad, la superación de dificultades o las renuncias que implican los deseos más profundos. Es cierto que los cuentos se han readaptado a los nuevos gustos y sensibilidades. Les han dado un toque más optimista e incluso romántico. Por fortuna, el universo Andersen mantiene intacta la belleza y nostalgia primigenia, su legado literario sigue inspirando a lectores de todo el mundo.

El hygge como sinónimo de felicidad en Dinamarca
El paisaje danés se construyó gracias al viento, al devenir de glaciares que dejaban arena y a las tempestades de sus mares. El resultado es un país de grandes dunas costeras, colinas enmoquetadas cuya altura media son unos escasos treinta y un metros sobre el nivel del mar y más de cuatrocientas islas esparcidas entre el Báltico y el mar del Norte, la mayoría deshabitadas. Pero ya sea de un lado u otro el aire que atraviesa su geografía es gélido y húmedo lo que exige llevar un pañuelo al cuello cuyo extremo final ondeará igual que una bandera vikinga, no sobra una camiseta térmica para izar el pecho con gallardía guerrera. Ahora sí estamos preparados para este viaje a inicios del verano, porque cuando sopla fuerte el cielo se transforma en una pasarela de nubes que ocultan al sol, que sombrean el horizonte, que lo destapan y de repente, una borrasca. Una sorpresa que rompe cualquier predicción optimista de la climatología. Puede que sea esta locura la que invite a los daneses a crear y a explorar el placer de las cosas sencillas y cotidianas, como relajarse arropados por una manta mientras se bebe una taza de té, compartir una comida casera o complacerse viendo llover desde la ventana. Esta filosofía de vida enraiza en su cultura y se denomina hygge. Está enfocada en la búsqueda del bienestar, la tranquilidad, la unión con los seres queridos y el gozo de lo más pequeño y sencillo. El hygge pone su granito de arena para que Dinamarca saque buena nota en el ranking de los países más felices del mundo. Sé que suena a titular para atraer turistas pero es algo mucho mejor. Desde el año 2012 diversos organismos internacionales, entre los que se encuentra Naciones Unidas, confeccionan un índice de felicidad en el que participan más de ciento cuarenta países a través de un sistema de encuestas que se efectúan a miles y miles de ciudadanos. Entre los puntos a tratar están la libertad para tomar decisiones, el PIB per cápita, la esperanza de vida saludable, la generosidad percibida, el apoyo social y la imagen de corrupción. De esta manera los gobiernos pueden crear políticas públicas enfocadas en mejorar la vida de sus habitantes. El resultado es que los daneses están la mar de contentos y eso se transmite a quienes visitamos el país. Así que vamos a respirar ese viento gélido y húmedo, además de oxígeno viene cargado de felicidad.
Nyhavn, «un stendhalazo en toda regla»
En mi viaje me tomé la felicidad tan en serio que eliminé el estrés de recorrer el país entero. Me centré en Copenhague, en visitar una y otra vez los rincones que más me gustasen. Puse el teléfono en modo avión y establecí como único desafío absorber toda la energía bonita que emana de esta ciudad. Toboganes que dan al mar, una arquitectura que invita a pensar que un mundo en comunión con la naturaleza es posible y no tan difícil, bandadas de bicicletas que parecen volar juntas y glamorosos picnics a orillas del canal. Sentía ganas de clonar a los daneses igual que la oveja Dolly y esparcirlos por el mundo para que compartieran ese bien sagrado. Son profetas de una alegría sana, de la conciliación, el amor y el respeto hacia el medio ambiente. Ya lo decía Manuel Vicent, «el viento siempre es una enseñanza». El origen de esta maravillosa capital es sencillo, nació de la misma manera que lo hizo Oporto, como asentamiento pesquero, en este caso vikingo, en lo que hoy se conoce con el nombre de Gammel Strand. La abundancia de arenque en sus aguas atrajo a pescadores y comerciantes. Bautizaron a este emplazamiento con el nombre de Havn (puerto) que pronto pasó a llamarse Købmandshavn (bahía de los pescadores) y de ahí derivó a København. Aunque tras siglos de desarrollo urbanístico la huella vikinga está extinta, Gammel Strand forma parte del recorrido de numerosos tours sobre mitología y leyendas nórdicas. A escasos minutos se encuentra el lugar más pintoresco de Copenhague: el Nyhavn, una antigua entrada del mar al centro de la ciudad. En los días en los que la luz y el color dialogan entre sí, el viajero puede caer presa del surrealismo cosmopolita y sentirse en mitad de un anuncio de Sony Bravia mientras suena la canción Safe and Sound de Capital Cities. Un stendhalazo en toda regla. Aquí, entre barcos vikingos, bicicletas que posan y tabernas, vivió durante dieciocho años Hans Christian Andersen, impregnándose de la luz y la imaginación que inundaría sus obras. Las casas pintadas de colores vibrantes para facilitar su identificación desde el canal en los días nublados o lluviosos se han convertido en un símbolo y seña de identidad, que aporta alegría y vitalidad y empuja al paseante a quedarse ojiplático de tanta estimulación visual.

Cuando la realidad supera la imaginación
No sobran los días en Copenhague. Conocer el majestuoso parque de atracciones del Tívoli, escuchar jazz en el Jazzhus Montmartre y sentir los últimos rayos del atardecer colándose por la fuente de la Plaza de Amalienborg. Acercarse a Christiania, sorprenderse con el oleaje que simulan los pasillos del Diamante Negro y contemplar los Jardines de la Biblioteca Real con la viveza de sus sillas, las parejas de enamorados y un conjunto de octogenarios embriagados por las flores mientras beben chupitos de sol. Si comienzan a servir rebujito y tocan unas palmas podría ser escenario candidato a verbena española. Pero más allá del vaivén de pigmentos y la caricia del sol, Copenhague es líder mundial en la lucha contra el cambio climático. Un laboratorio urbano que apuesta por la movilidad sostenible, el uso de las energías renovables y la eficiencia energética. Cómo no va a haber ciudadanos felices si el país incluso ha aprendido a gestionar el agua de lluvia y a convivir en armonía. Aunque solo sea por la curiosidad, conviene dar una vuelta por los barrios más vanguardistas para ojear la arquitectura escandinava. Viviendas modernas en las que confluyen lo orgánico con lo urbano, lo individual con lo colectivo en edificios como el Tietgen Resident Hall o el 8 Tallet del barrio de Ørestad. En el Distrito Climático de Østerbro han dado un paso más y han diseñado espacios para afrontar acontecimientos climáticos extremos. Cubiertas y fachadas vestidas de vegetación que, además de aportar biodiversidad, absorben calor y el agua de lluvias torrenciales. En la zona de Amager está CopenHill, la planta en la que los residuos se convierten en energía limpia mientras los ciudadanos pueden hacer esquí en su enorme pista de césped. Me atrevería a decir que no existe ámbito en el que la creatividad danesa no saque nota. Me despido de Copenhague suspirando junto a la estatua de la sirenita. Esa mujer mitad humana, mitad pez que tanto en la versión original de Andersen como en la de Disney anhelaba conocer lo que había más allá. Parece que en el año 2010 Copenhague hizo sin saberlo una revisión del cuento y la realidad superó a la imaginación. Con motivo de la Exposición Universal de Shanghái la estatua cruzó medio planeta y permaneció en China durante seis meses. De esta manera tan moderna y poética alcanzó su deseo, sin cambiar su cola por unas piernas ni entregar su voz en una caracola, tallada en bronce y en sueño logró ser parte de este mundo.








