
El calor sofocante actúa sobre las superficies dándoles un matiz tornasolado y sudando los cuerpos, sobrecargando el aire de una humedad que pesa y se pega al tráfico del asfalto y la basura, a los olores dulces y cítricos del mango y los collares de flores. En las calles más estrechas hay hileras de cestas repletas de frutas y verduras tropicales, barullo y bandejas de exótica pitahaya, también conocida como fruta de dragón, cortada en rodajas con su pulpa, a veces púrpura, a veces blanca, salteada por diminutas semillas negras. Es fácil encontrar sombrillas que combaten el sol, el cielo lleno de cables y humeantes puestos de comida en los que se fusionan el arroz largo con la crema de cacahuete y los camarones. En este paisaje asiático no faltan las enormes hojas plataneras, un amplio surtido de centros de masaje y los aparatos de aire acondicionado que actúan con el mismo efecto que las semillas negras de la pitahaya, permitiendo que la vida se abra camino en una ciudad que es un verdadero desafío. El tiempo en Bangkok a la velocidad del tuk tuk es muy divertido y, aunque el peligro acecha en cada stop, rara vez eres consciente porque el entretenimiento desde este vehículo es inagotable y además en completo directo. Uno de los aspectos más llamativos de Bangkok es que la mitad del tráfico está compuesto por motocicletas en el que puedes ver a uno de estos vehículos cargado de jaulas de patos que asoman por los laterales hasta una motillo que transporta a una familia de siete miembros. En Khao San Road se come, se bebe y se experimenta la vida nocturna de Tailandia. Uno de los pocos lugares en los que el viajero comete la osadía de introducir en la boca un escorpión horneado que al paladar remite el sabor salado del mar. Si en España es habitual un plato de jamón iberico o en Islandia el hákarl, aquí lo es una tapita de insectos con una cerveza que suda la gota fría. Dicen que son muy nutritivos, con grandes beneficios para la salud intestinal. Todo indica que formarán parte de nuestra dieta en las próximas décadas. Transitamos por Bangkok igual que las manos de un masajista recorren el cuerpo humano, siguiendo los canales invisibles por donde circula la energía vital de esta ciudad. Templos que actúan como órganos en los que se concentra la oración y la paz espiritual. Mercados y calles que son hervidores sociales de una población diversa y hospitalaria en la que conviven diferentes culturas y estilos de vida con una sonrisa. Juntos son el tejido vivo de esta cosmopolita capital.
Budismo, eje vertebral de Bangkok y la sociedad tailandesa
Es inevitable que nuestros ojillos exploradores se pierdan entre el dorado de los tejados escalonados de sus arquitecturas, en las esculturas y murales que representan escenas de la vida de Buda y más que observar, deseemos imitar esa forma de saludar en la que se juntan las palmas de las manos y se inclina ligeramente la cabeza porque en ella hay respeto y armonía y, más que traernos un souvenir, nosotros lo que queremos es sentir eso. El budismo, además de actuar como guía espiritual que ayuda a comprender la naturaleza del sufrimiento y alcanzar la paz interior por medio de la sabiduría, la ética y la meditación, es una filosofía presente en cada parcela de la vida cotidiana: rige la cultura, la identidad tailandesa y, por supuesto, forma parte de la experiencia de quienes visitamos el país. Para tener una inmersión más profunda y sincera, saborear la esencia de Tailandia y contextualizar los lugares a visitar sin caer en la turistada de convertirnos al budismo en lo que dura nuestro viaje conviene entender un poco qué es esto del budismo. Desde la perspectiva occidental lo vemos como algo exótico, un tanto místico. Chapurreamos palabras como karma, nirvana o reencarnación pero realmente lo vemos como algo lejano. La historia del budismo arranca en el principio de los tiempos, cuando llegó a Tailandia a través de las poderosas rutas comerciales y las misiones religiosas de la India con el sudeste asiático hace miles de años. Mucho antes de que la religión católica invadiera España, es decir, en el principio del principio de los tiempos, antes de Cristo. El apoyo de los reyes y la proliferación de templos (wats), en los que además de meditación ofrecían funciones sociales como la asistencia médica o la educación, fueron fundamentales para que esta filosofía se convirtiera en el eje vertebral que moldea a la sociedad tailandesa.

Masaje tailandés
A continuación la parte del budismo más honesta y disfrutona que podemos incorporar en nuestro viaje: el masaje tailandés, una de las prácticas más interesantes de la medicina que se desarrolló en los monasterios. Originariamente los monjes ofrecían esta terapia a los más humildes para aliviar su dolor físico y espiritual. Su artífice fue el médico indio Jivaca Komarachacca. Amigo personal de Buda que integró los conocimientos de la medicina ayurvédica india, la medicina tradicional china y algunas prácticas terapéuticas del sudeste asiático más rural. Este tipo de masaje se fundamenta en la idea de que nuestra anatomía está atravesada por miles de canales invisibles por los que circula la energía vital. Por fortuna, las líneas principales quedan reducidas a diez que si se estimulan de la manera adecuada es posible restaurar el equilibrio físico, mental y energético. Hay infinidad de centros repartidos por toda Bangkok, desde spas de lujo como Health Land Spa & Massage hasta lugares más tradicionales como Asia Herb Association o el más auténtico de todos, Wat Pho Traditional Massage School. Este centro profesionalizó el masaje tailandés y es un referente mundial. En cualquiera de ellos encontrarás muebles de bambú o teka, luz tenue, patios ajardinados y pequeños estanques de loto, el perfume del jazmín y el té verde y la melodía de la naturaleza que nos envuelve en una atmósfera relajante. Ahora respira lento, cierra los ojos, apaga la mente y concéntrate en cómo el aire entra y sale por tu nariz hasta llegar al abdomen. Tumbada en la camilla siente la coreografía del masajista tailandés en tu cuerpo. Una combinación de estiramientos y presiones rítmicas con los pulgares, las palmas de las manos, los codos, las rodillas e incluso los pies. Estas articulaciones ejercen mayor presión y evitan sobrecargar las manos. Comienza por los pies, asciende lentamente por las piernas, la espalda y los brazos, hasta alcanzar la nuca y el cuero cabelludo. En este final está la guinda del masaje porque hay más de seiscientas terminaciones nerviosas por centímetro cuadrado de piel que ayudan a que sintamos además de calma, placer. El masajista tailandés comprende nuestra piel igual que si fuera un mapa del dolor. El resultado final es un cuerpo con la energía restaurada, libre de tensiones musculares y con la conciencia corporal potenciada. Al ser una práctica hija del budismo, el masaje se realiza desde un amor benevolente, un deseo sincero de bienestar hacia el otro. Más que un imán para la nevera o una colección de pantalones anchos, esto es lo cautivador, experimentar Tailandia dentro de nosotros.
Recorrido por los templos de Bangkok
Con la energía restaurada tras nuestro masaje podemos fluir por las calles de Bangkok y conocer algunos de los principales templos. En el distrito de Pom Prap Sattru Phai podemos visitar el templo de Wat Saket con forma de montaña dorada. Aquí un camino de escaleras rojas contornea la montaña de paredes inmaculadas en cuya cima se venera a una enorme estupa que contiene algunas reliquias de Buda. La naturaleza que acompaña el ascenso envuelve a los peregrinos en una atmósfera de espiritualidad capaz de absorber el bullicio de la capital. En el templo de Wat Hua Lamphong es habitual deambular entre monjes vestidos con túnicas naranjas que se preparan para la oración en posición de loto, al acabar se arrodillan tocando el suelo con la frente. En la zona más alta del recinto hay un mirador del que cuelgan diminutas campanas con una hoja en forma de corazón en honor al árbol en el que el príncipe hindú alcanzó el nirvana, el viento que las acaricia pone música a las vistas panorámicas de Bangkok. A orillas del río Chao Phraya sobresale el precioso templo de Wat Arun en el que su torre, decorada por sofisticados mosaicos de porcelana china y conchas marinas, domina el paisaje y refulge con las luces doradas del atardecer. Muy cerca del Gran Palacio de Bangkok está Wat Pho, con muchos menos visitantes que el complejo palaciego y, por lo tanto, con mayor sosiego. Este templo en cuyas paredes se pueden ver grabados y antiguos diagramas que muestran los principios de la medicina tradicional tailandesa, alberga además la mayor recopilación de Budas en Tailandia. Nuestros ojillos exploradores se irán al enorme Buda de cuarenta y seis metros de largo y quince de alto, a sus pies ornamentados con símbolos que tratan sobre la vida y las enseñanzas del maestro y a ese color dorado que nos habla de su luz y el despertar espiritual. Nos despedimos de Bangkok a punto de saborear el nirvana. En un lugar en el que la energía invisible discurre entre el arte, la espiritualidad y el bienestar. Haciendo sonar las campanas para purificar nuestro karma y atraer la buena suerte. Sintiendo una profunda armonía dentro de nosotros.


















Saludar a Buda, tomarse un pad thai con una cerveza sudorosa en kho san road y dormirse en un buen masaje… ¡Cómo se echa de menos Bangkok! Y qué sensaciones más bonitas provoca tu texto, es como estar allí.
Te han llegado incluso los olores jaja. Yo también echo de menos Bangkok, Asia en general <3