En agosto solo el agua fresca del Mediterráneo consigue rebajar la temperatura a quienes transitamos por la isla de Malta. En parte de sus costas se extiende una columna de piscinas de roca caliza por las que se cuela el agua salada del mar en el vaivén infinito que dictan el viento y las mareas. La caliza maltesa que edifica estas charcas marinas está recubierta por un cabello de algas verdes, bucles pardos y oquedades que se han convertido en la morada de los cangrejos. Unos colonizadores muy distintos de quienes excavaron estas piscinas durante la época victoriana: la aristocracia británica, que no dudó en sumarse a la tendencia europea de disfrutar de los beneficios terapéuticos del agua marina, eso sí, en total seguridad y resguardados de las miradas más chismosas. Imaginadlos con sus bañadores de rayas, camisetas de cuello alto, pantalones bombachos hasta la rodilla, faldas encima de estos y, por si faltara un centímetro de piel sin cubrir, gorros que esconden la sensualidad de la melena. Para protegerse del sol y sumar mayor privacidad incluso colocaban biombos y cortinas. Como bañista europea del siglo XXI me poso en la barandilla igual que una vedette y dejo que las olas lleguen a mi. Primero una pierna experimenta la temperatura fresca, después la otra con menor cautela. Cuando el agua me llega a la altura del ombligo me zambullo. En estos segundos que duro como persona anfibio aprovecho para abrir bien los ojos y no perderme cómo los rayos del sol contornean las rocas y doran las escamas de los peces reflejando su brillo hasta protegerlos en una danza de luces hipnótica. Hay algún salmonete despistado y sargos que con su traje de rayas negras y blancas parecen antepasados remotos de la aristocracia británica. En el seno del océano se forjó la vida, en los respiraderos hidrotermales que se extienden a lo largo de las dorsales mesoceánicas con una paciencia a la que solo puede tumbar el movimiento infinito de las olas. Contemplo con las últimas reservas de oxígeno cómo las notas de sol penetran en el agua haciendo chiribitas en la línea que dicta la superficie. Esa que separa las dos dimensiones desdibujando y haciendo temblar los cuerpos que permanecen por encima de ella, haciendo escurridizos los que habitan bajo esa frontera. No le faltaba razón a Loren Eiseley cuando afirmó que «si hay magia en este planeta está contenida en el agua».

La ubicación estratégica de Malta
Malta es una macedonia de pueblos mediterráneos y relatos en los que la esperanza cohabita con leyendas mitológicas y tesoros esperando a ser descubiertos en algunas de sus calas o misteriosas grutas. Es un torreón de roca tostada rodeado de mar cuya fortaleza acoge a más de 365 iglesias y diminutos santuarios en los que el dios cristiano y la virgen son invocados por medio de rezos y plegarias cada día del año. Tanto arraigo tiene esta institución en sus habitantes que el toples está prohibido, el aborto es inconcebible, el divorcio se aprobó a regañadientes hace poco más de una década y antes de salir de copas el sábado noche los jóvenes acuden a misa a expiar sus pecados y recibir la bendición. Este edén del Mediterráneo con ubicación privilegiada provocó que fenicios, griegos, cartagineses y romanos se interesaran en controlar el archipiélago. También pusieron el ojo en estas aguas cristalinas un poderoso Napoleón Bonaparte y un todavía más poderoso imperio británico que se alzó con la victoria tras asediar la capital y ejercer un bloqueo naval que sumió a los franceses en hambruna y enfermedad. Durante un siglo y medio los ingleses se beneficiaron de Malta como base naval y destino al que los soldados heridos acudían a recuperarse. El apodo de «la enfermera del Mediterráneo» se lo ganó cuando en tiempos de la Primera Guerra Mundial atendió a más de 136.000 soldados heridos. Su desarrollada infraestructura hospitalaria acompañada del clima suave y soleado del que goza el país lo consolidaron como la mejor elección para rehabilitar la salud. Como antigua colonia británica ha heredado la lengua inglesa, la conducción por la izquierda y los emblemáticos buzones y cabinas de color rojo. Un reguero de nostalgia que empuja a fotografiar.

Volver a ser niños en las costas de Malta
Aunque la archipopular Ventana Azul se desplomó el 8 de marzo de 2017, Malta es un archipiélago sembrado de paisajes de una belleza excepcional e historias cosidas por las hazañas del mar y un sinfín de excitantes leyendas que tiñen sus costas de un aura mágica y aventurera donde imaginación y realidad hacen equipo favoreciéndose la una a la otra. En el suroeste de la isla de Malta hay un conjunto de cuevas marinas cuyas cavidades resplandecen con la misma fuerza que si encerraran al sol dentro de ellas, es Blue Grotto. Sus aguas de un azul intenso han sido la fuente de inspiración de la que han brotado ninfas y sirenas capaces de enloquecer a marineros con sus cantos y proteger así los secretos ocultos en las grutas. En sus cavidades más remotas los piratas guardaron tesoros. A un cuarto de hora en coche están las paredes acantiladas de Dingli donde vigías, piratas y corsarios (piratas autorizados por la corona) oteaban las rutas comerciales, escondían sus embarcaciones y preparaban ataques sorpresas. Al norte de la isla se encuentra la cueva de Dragonara en la que dragones y monstruos marinos protegían y acechaban a los navegantes. Por ello, no es de extrañar que en el pueblo pesquero de Marsaxlokk los marineros comenzaran a pintar ojos en la proa de sus barcas luzzu, de esta manera evitaban los males del mar. Una tradición que todavía mantienen. En la quietud de la isla de Gozo, aunque el acceso es limitado, se puede visitar la cueva situada en Ramla Bay. Allí Homero decidió ubicar el descanso de Ulises en su periplo a Ítaca, un cautiverio que duró siete años en los amorosos brazos de la ninfa Calipso. Bajo el trocito de mar que baña las costas del pueblo de Għarb se halla la lámpara de Żgugina. Que es símbolo de esperanza gozitana asociada a los milagros desde que una madre de dicha ínsula implorase al santo Demetrio para que le fuera devuelto su hijo. Cuenta el folclore maltés que el santo cobró vida, salió del cuadro que colgaba del templo y recuperó al joven de los piratas. Desde el terremoto que hundió la iglesia los pescadores ven resplandecer la luz de la lámpara en el fondo marino. A escasos minutos en coche se produce un auténtico viaje al pasado, con 5.500 años de antigüedad aún siguen en pie los templos megalíticos de Ġgantija construidos por gigantes para pedirles a los dioses ancestrales el ansiado don de la fertilidad. En la isla de Comino tenemos la paradisiaca y turquesa Laguna Azul. Escenario en el que los maleantes marinos ocultaron inimaginables botines en las cuevas de los bordes rocosos o puede que en las grietas más profundas y estrechas a las que solo se puede acceder siendo sirena. Puede que haya demasiadas toallas extendidas o coches en el aparcamiento pero este archipiélago continúa siendo un cielo aquí en la tierra, un estado emocional que siguiendo la odisea de piratas, monstruos y sirenas nos devuelve a la niñez. Con la noción del tiempo al punto de sal y hechizados por Calipso, estas aguas son un regreso a la infancia y al territorio de la imaginación.
La Valeta, capital del Mediterráneo más romántico
Pasear por la capital maltesa implica regalarse tiempo porque parte de la identidad nacional significa esperar para cualquier cosa. Por ello, nada como olvidarse del reloj y aguardar a ser atendidos en una terraza armados de paciencia o sumarse a una cola sin saber qué dan o contemplar la gama de azules que visten el horizonte de las muchas callejuelas que desembocan en el mar, llenando las ideas de aire mediterráneo. La vida se vuelve más liviana. La Valeta fue fundada por la Orden de Malta, lo que tuvo una gran influencia militar y religiosa en su arquitectura. Construyeron murallas, bastiones, templos guardianes de la fe cristiana entre los que destacan la Concatedral de San Juan y la iglesia de San Pablo Náufrago y fuertes como los de San Ángel o San Telmo. Tras el dominio de la Orden de Malta fueron los carmelitas quienes imprimieron su sello espiritual y edificaron la Basílica de Nuestra Señora del Monte Carmelo con su gran cúpula elíptica de cuarenta y dos metros de altura. La Valeta está llena de miradores al Mediterráneo, sin embargo es la curvilínea silueta de la ciudad la mejor imagen que el viajero puede atesorar. En barco desde Sliema, cuando los rayos del ocaso broncean con suavidad las paredes de roca caliza y doran las cúpulas, el skyline de La Valeta es una de las imágenes más románticas de cuantas he visto a lo largo de este mundo. Me despido de una ciudad donde los balcones son cerrados por tradición árabe, en la que baila la ropa tendida al compás del viento y los curiosos aprovechan para ojear a pecho descubierto, sin biombos ni cortinas ya. Me sumerjo por última vez en estas aguas cristalinas. En estado de persona anfibio recuerdo que hace mucho tiempo los antepasados de las ballenas y otros animales salieron del mar para vivir en la tierra y que tras habitarla decidieron volver al mar. Un camino de ida y vuelta que habla de la enorme plasticidad y capacidad de adaptación de los seres vivos. Un día todos fuimos la casualidad más fascinante que surgió de las dorsales oceánicas.
















Buen homenaje a nuestros abuelos-ballena. ¡Qué ganas de zambullirme en el Mediterráneo¡ Y qué bonitas las imágenes que describes. Gracias por el artículo 😉
Jajaja, tendremos que ver Waterworld para ver la antesala de ese futuro-pasado. Cualquier excusa es buena para disfrutar de Kevin Costner 😉 Muchas gracias, Jorge!!
Como siempre que te leo, qué ganas de visitar todo lo que describes tan bien. Besos
Muchísimas gracias, Rosa!! A mí siempre me hacen ilusión tus comentarios <3
Con esta escritora, como siempre, viajo con la imaginación. Gracias por hacerme viajar a Malta.
Me alegro un montón!! 🙂