
Con la mirada puesta en el movimiento del cuchillo, los ojos empezaron a empañarse. Seguí cortando finas láminas de cebolla, quería que en contacto con el aceite se pocharan con la misma celeridad que la patata. Entre tanto, sucedió la tragedia habitual que suele acompañar a esta labor: los ojos estallaron en dos lagrimones que rodaron partiendo las mejillas en dos. El cuerpo es inteligentísimo; para proteger a los ojos de la irritación causada por las partículas gaseosas que desprenden las células rotas del bulbo, genera lágrimas cargadas de anticuerpos. Fue entonces cuando nos asaltó la noticia, con el lagrimal entrenado. Leímos lo último que sus lectores podíamos imaginar. Semanas atrás había comunicado su enfermedad en el que catalogó el artículo más difícil de su carrera: Tirar una valla. A las lágrimas de la cebolla se unieron las que el alma genera cuando la emoción nos desborda y buscamos alivio. En el artículo, la escritora había sentido la necesidad de explicar su ausencia cuando los altavoces de la Feria del Libro de Madrid informaron de su firma en una caseta a la que jamás llegó. La patología se había complicado, obligándole a cambiar el reencuentro con sus lectores por el ingreso en el hospital. Tenía cáncer. El 27 de noviembre la novelista Almudena Grandes nos dejaba huérfanos de historias. Almudena, que comenzó trabajando en los libros de texto de Anaya, se había convertido en una autora revolucionaria, que apostó por la memoria histórica, el compromiso social y la mirada femenina. Abordó los capítulos más amargos del país introduciendo en su ficción relatos cotidianos, vidas clandestinas y silenciadas. Tenía debilidad por quienes mostraban el deseo de sobrevivir desde la dignidad y la conciencia humana, en ellos depositó la heroicidad y, de esta manera, surgieron el lector de Julio Verne, Manolita con sus tres bodas, María, que cuidó de la complejísima madre de Frankenstein en Ciempozuelos, el doctor García con su desfile de pacientes y una valiente Inés que combatió los días más tristes con alegría y esperanza. Almudena fue la voz de las mujeres de su generación en obras como Atlas de geografía humana y quien ofreció dignidad a los héroes olvidados de la guerra y la posguerra en El corazón helado y Episodios de una guerra interminable, Don Benito fue su maestro, el primero que le mostró un país desconocido al que merecía la pena asomarse. Fue ahí donde Almudena trazó su odisea, noveló los márgenes de un país marcado por el olvido a través de gestas y personajes cuya felicidad fue una forma de resistencia. A sus lectores nos ha dejado este gran legado, su literatura. Ella, que me había enseñado que la verdad es toda la verdad y no sólo la parte que nos conviene, me mostró también que las desgracias duelen menos si te pillan cocinando. De esta manera, cociné más y mejor, igual que hacía Inés cuando Galán y el resto de guerrilleros españoles salían de misión, en una cocina que olía a tortilla de patata y emoción. Se nos había ido una escritora extraordinaria, una mujer que sentíamos familia. Esa noche decidimos que viajaríamos a los Pirineos, a los paisajes de Almudena.
Pirineos
Desde la costa atlántica cercana a Asturias hasta la Provenza alcanza el poder geológico de los Pirineos, montañas que se elevan por encima del mar desde el golfo de Bizkaia al mar Mediterráneo creando una frontera natural entre España y Francia. En los paisajes de los Pirineos anida el quebrantahuesos y pastan familias de sarrios, vuelan en círculos los buitres olisqueando su presa mientras los arrecifes de coral crecen un milímetro al año en las aguas del Cap de Creus. La vida que se respiraba en las crestas y valles de los Pirineos ha sido inspiración y refugio de Edurne Pasaban y musa de Miguel de Unamuno y Sorolla. Hay margaritas moradas entre las grietas de la roca caliza, un cielo que resplandece azul y algas de alta montaña que colorean igual que la sangre neveros y glaciares. El secreto de esta curiosa vida rosada es el hematocroma del líquen que actúa tiñendo la superficie igual que si fuera un granizado de sangría. En esta singular cordillera en la que ciencia, belleza y experiencia humana se unen encontraron su objeto de estudio los académicos Lucien Briet y Franz Schrader. El primero convirtió a los Pirineos en el epicentro de su vida viajera y fotográfica, su debilidad fueron los extraordinarios paisajes de Ordesa y la Sierra de Guara. Hizo hincapié en la importancia de su protección. Picos afilados cubiertos de nieve, descomunales paredes de roca violácea y collados hundidos mientras la luz del alba contornea con matices dorados las crestas fundiendo los montes con la neblina azulada que reposa en los valles. Fue un amanecer así el que despertó la curiosidad de Schrader. Su debilidad fue la majestuosa cartografía que se extiende entre Monte Perdido y Gavarnie. Los Pirineos también han sido escenario de combate y parte del itinerario de fuga para quienes huían de las atrocidades de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Fue una ruta de dolor y esperanza, de supervivencia que hoy es memoria. Los Pirineos, que toman su nombre del relato mitológico entre Hércules y la ninfa Pyrene, tienen un origen más remoto que la historia de amor. La ciencia sitúa el nacimiento de estas montañas hace trescientos cincuenta millones de años, cuando este trocito del planeta Tierra era un mar tropical. Los diferentes movimientos de la litosfera crearon las primeras montañas. Siguieron pasando millones de años y las montañas fueron invadidas por un mar de escasa profundidad, después se crearon lagunas y mucho después tuvo lugar la orogénesis alpina. Las placas se obligaron a encajar y de este puzzle tectónico se levantaron la cordillera de Barisan entre Sumatra e Indonesia, las montañas de Hindú Kush, Zagros y el Himalaya en Asia Central, las cumbres de los Caucasos enlazando el mar Negro con el mar Caspio, los Montes Atlas en el norte de África, los Alpes, que fue la cordillera más estudiada y por ello el proceso lleva su apellido, y nuestros Pirineos.
Paisajes épicos de los Pirineos
Entre el desplegable de paisajes épicos de los Pirineos, son admirables los cañones excavados en roca caliza de Ordesa y el anfiteatro natural de Gavarnie, con sus vertiginosas paredes desde las que salta una cascada de más de cuatrocientos metros en el conjunto Pirineos – Monte Perdido, o las dieciocho mil hectáreas de espesos bosques de hayas y helechos en el occidente pirenaico, las cuales quedan recogidas bajo el éxotico título de la selva de Irati. En estos campos de plantas pretéritas y árboles que disfrutan de la humedad atlántica, encuentra la amanita muscaria el hábitat idóneo en el que resurgir cada otoño hechizando el bosque y a quien osa probarla. Objeto de contemplación son las ondulantes praderas del Valle de Ossau en las que pastan caballos salvajes y ganados de ovejas. Las imágenes remiten a un edén de alta montaña que coge fuerza cuando los últimos rayos de sol perforan las nubes poniendo el foco de atención en un punto exacto de la creación. De esta manera se despide el día dando paso a la Luna, cuya luz repiquetea en la nieve que se desparrama del pico Midi. Es en las altas montañas de los Pirineos donde los lagos adquieren un azul oscuro casi negro. En estas cubetas esculpidas por los antiguos hielos predomina el granito, una roca que apenas deja sedimentos. Característica que, unida a la profundidad de los lagos, al frío que acompaña las alturas y a la escasez de algas y sedimentos en suspensión, permite que la luz penetre en la columna acuífera absorbiendo gran parte de la energía y reflejando ese azul oscuro casi negro en las zonas más profundas. Algunos de los preferidos son el embalse natural de Estany de Sant Maurici, recogido a los pies de las escarpadas cumbres y leyendas de Els Encantats, o el conjunto alpino de Ayous donde es fácil encontrar a artistas de la acuarela inmortalizando el paisaje entre vacas y rebaños de ovejas en trashumancia estival. El resultado son postales bucólicas, leche de la que saldrá el queso Idiazabal o lana rústica que se empleará en alfombras y otras artesanías textiles. Pero por encima de este reino de paisajes kársticos, neveros, glaciares y altos pastos hay un lugar que la naturaleza ensalza: el Aneto. Con tres mil cuatrocientos cuatro metros de altitud es la cima más alta de los Pirineos. El primer ascenso tuvo lugar en 1842; Albert de Franqueville y Platon de Tchihatcheff fueron los artífices de la gesta. Caminaron como equilibristas los últimos cuarenta metros por el conocido Puente de Mahoma, un estrecho paso con caída mortal a ambos lados. Aún así, puede que la hazaña de las hazañas en los Pirineos aconteciera el diecinueve de octubre de 1944, cuando cuatro mil hombres que formaban parte del ejército de la República cruzaron los Pirineos con el objetivo de retomar el control de España empezando por el Valle de Arán. Una de las vías de acceso para evitar los controles fronterizos fue el Aneto. Este hecho es tan desconocido como quijotesco, un capítulo tan importante y asombroso de la historia de nuestro país que provocó en Almudena Grandes la necesidad de contarlo e imaginó a una mujer republicana montada a caballo, uniéndose a los guerrilleros con cinco kilos de rosquillas. Con esta idea tan explosiva arrancó Inés y la alegría, la primera novela de Episodios de una guerra interminable.
Inés y la alegría, inspiración viajera
Inés y la alegría narra la operación del Valle de Arán y en ella aparecen personajes reales como Carrillo, la Pasionaria o el mismísimo Comprendes, pero sobre todo es un pequeño homenaje a aquellos cuyos nombres no aparecerán nunca en los libros de historia ni siquiera en ningún censo. Son las personas anónimas, valientes que dieron su vida por la reconquista de la democracia. Con respeto, admiración y mucho cariño, Almudena Grandes crea personajes maravillosos, algunos de los más heroicos que he leído, como Inés, esa mujer que huyó de los nacionales a lomos de un caballo, o Galán, que luchó en las peores batallas, algunas consigo mismo. Recorremos los escenarios que habitó Inés comenzando por Pont de Suert, la localidad pirenaica en la que nuestra heroína sintió que, tras la cárcel y el convento, volvía a estar viva. Un pueblo de estética medieval articulado en torno al río y su puente. Calles estrechas y casas de piedra con soportales arqueados y puertas de gruesa madera que mantienen el frío a raya. Los lectores tratamos de imaginar cuál pudo ser el caserón en el que residió Inés junto a la familia de su hermano, el Delegado Provincial de Falange en Lérida, pero sobre imaginamos la cocina donde estaría el recetario de la Sección Femenina, el de la Marquesa de Parabere y un cuaderno en el que Inés reinventa las recetas de la hermana Anunciación hasta que las aprende de memoria. Aunque el camino en coche hasta Bossost es menos emocionante que la huída que emprendió Inés a lomos de Lauro con los cinco kilos de rosquillas, dan ganas de llorar y buscar una bandera republicana en la que secar las lágrimas cuando aparcamos en Bossost y escuchamos la voz del río Garona. Estamos en el escenario principal del libro, en un valle de valles, acompañados por el agua que nace de los glaciares del Aneto, Barrancs y Salenques, se hunde en Forau d’Aigualluts, donde inicia un viaje bajo la tierra, reaparece aquí en el Valle de Arán y sigue viajando hacia el norte. En el Valle de Arán se hablá el aranés, el 30% del territorio está por encima de los dos mil metros y sus poblaciones se caracterizan por sus largos campanarios y el aislamiento. Esta parte de los Pirineos Centrales está salpicada por frondosos bosques como el de Carlac y diminutos pueblos como Canejan, Bausen o Garós, donde las casas poseen una arquitectura capaz de resistir inviernos de nieve. Eso sí, en verano son las flores que cuidan sus vecinos el encanto que recorre sus calles junto a la niebla que campa a sus anchas. Aquí conviven el canto de los pájaros y el silencio, las leyendas que irrumpen en el día a día de hombres y mujeres y la fuerza de la naturaleza, un torbellino que todo lo transforma. Recorremos Bossost, Vilamòs y Vielha siguiendo las coordenadas de Almudena, saboreando su gastronomía y descubriendo amuletos tan sencillos como las hojas de laurel bendecidas formando una cruz que los araneses colocan para evitar a los malos espíritus. A pesar de que la operación del Valle de Arán fue trazada con sumo detalle durante años solo bastaron ocho días para que fracasase. Los aliados, que dieron su palabra, nunca aparecieron. Los republicanos recibieron el más feroz de los golpes: la destrucción moral y psicológica de su tropa, desvaneciéndose una vez más la ilusión. Inés y la alegría fue la primera entrega de un proyecto narrativo que es «al mismo tiempo, un homenaje y un acto público de amor por Galdós, y por la España que Galdós amaba, la única patria que Luis Cernuda reconocía como propia, querida y necesaria». No hay que esperar grandes batallas, la novelista se inclinó por aquellos momentos significativos de la resistencia antifranquista que demostraron cómo la lucha diaria en un contexto de represión feroz ha conseguido la España democrática que vivimos hoy. Ahí está la gran hazaña, la cumbre más alta que solo se puede alcanzar desde la entereza y el coraje. Seguimos respirando el aire de los Pirineos, llenando nuestro corazón de la historia con mayúsculas que escribió Almudena Grandes.












